sábado, 10 de mayo de 2014

SOTANAS AMNÉSICAS Y VIOLENTAS

Un nuevo documento ha emitido la Conferencia Episcopal Argentina. Un nuevo acto de amnesia episcopal, esta vez, referido a la violencia que abruma a no pocos sectores sociales e institucionales de nuestro país.

El documento pretende hacer reflexionar a los católicos (que en su mayoría no siguen a los dirigentes eclesiásticos), y a los hombres de buena voluntad (expresión aún no definida por los gerontes, pero entendemos que son aquellos de los que no reciben oposición alguna), sobre un flagelo sin soluciones concretas.
Fingiendo como de costumbre, esta vez juegan a ser expertos en sociología, criminología, y psicología presentando su diagnóstico desde un rol harto conocido como vetusto, el de pretender ser “rectores morales” y “defensores” de la sociedad laica argentina, a la que su sanguinaria institución pisoteó cada vez que pudo en distintos momentos históricos.

La lectura general del documento deja una nueva evidencia de la hipocresía de los obispos argentinos, una especie de “abuelos vip”, que reciben un abultado sueldo del estado argentino gracias al dictador y genocida Videla. En particular, el escrito no hace otra cosa que generar más violencia producto de su descarada amnesia.
1. El antiguo rol de “rectora moral”

Siguiendo a Juan Cruz Esquivel, la evangelización del continente traída con la conquista española dio origen a un modelo de cristiandad que se manifestó en tres planos: a) la identificación de la identidad territorial con la religiosa, afinidad que fue consecuencia de imponerle al territorio conquistado la religión del imperio conquistador; b) a partir de esa consonancia, la institución católica se atribuyó el rol de “pilar” y “garante” de las futuras nacionalidades; c) permitió que la Iglesia Católica, a través de su jerarquía, se arrogase la facultad y poder exclusivo “de controlar múltiples aspectos de la vida cotidiana de las personas”, por ejemplo, cuestiones relativas a la familia, matrimonio, sexualidad, educación en general y educación religiosa en particular (1).
Ese modelo de cristiandad, de marcado perfil totalitario, produjo también una consecuencia fundamental: la Iglesia Católica no sólo iba a desempeñar su actividad en el plano que le era propio, el religioso, sino que empezaba su actuación en los escenarios políticos y sociales.

La matriz ideológica – que un vasto grupo de autores pretenden presentarlo como “natural” y justificarlo en las tradiciones – fue la que permitió el surgimiento de mitos como la “nación católica” y el “ser nacional” identificado con el “ser cristiano”, garantizados por la Iglesia Católica y, más adelante, por las Fuerzas Armadas.   
La importancia de esta idea/matriz es que aparecerá tiempo después para explicar y servir de fundamento a la posterior alianza y bloque político-ideológico que conformarían las Fuerzas Armadas con la institución religiosa, sobre todo, a partir del golpe de estado de 1930; idea/matriz que iba a ser el denominador común en todos los golpes de estado que la institución religiosa avalaría como “defensora” de la argentinidad.

Y es lo que continúa observándose en cada documento que emite la Conferencia Episcopal Argentina desde que se recuperó la democracia. El que comentamos lleva la impronta de ese rol.

2. El medallero de la violencia religiosa y clerical
Según el documento de la CEA, la violencia que padecemos a diario los argentinos reconoce múltiples causas, menos la religiosa, omisión patológica en todas sus declaraciones.

El pasado (tampoco el presente), ayudan al catolicismo. Guerras de religiones, conquistas, etnocidios y transculturación; hogueras y eliminación de personas de ambos sexos; aval ideológico a gobiernos dictatoriales como los gobiernos militares de América Latina, con sus secuelas de torturas, robos de bebés, violación del derecho a la identidad de las personas, persecución y muerte a sus propios fieles y clero, sin contar el fenómeno de los abusos sexuales a niños, niñas y jóvenes. Son hechos que demuestran que las religiones (sobre todo el catolicismo romano), lejos estuvieron (y están) de convertirse en “caminos para la paz”. La violencia física y psicológica en “nombre de Dios” ha sido una constante en el tiempo, y es la que en estas épocas siguen empleando grupos fundamentalistas e integristas para imponer sus convicciones.
Pero no contentos con ello, los obispos argentinos abordan distintas manifestaciones de la violencia vernácula, tomando distancia de manera grotesca, como si la institución que integran no fuese generadora de ella.

En el punto N° 5 destacan la corrupción y el desvío de dineros (calificados de “estafas económicas y morales”); las mafias del crimen organizado dedicadas a la trata de personas para la esclavitud laboral o sexual; tráfico de drogas y armas. Ahora bien, conociendo los datos irrefutables de la corrupción vaticana durante los dos últimos pontificados, preguntamos ¿Qué significan los datos aportados por la filtración de documentos reservados que produjo el “Vatileaks”? Si como bien dicen los funcionarios eclesiásticos “la corrupción, tanto pública como privada, es un verdadero "cáncer social", ¿podrá la sociedad calificar a la Conferencia Episcopal Argentina como “parásito estatal” generador de violencia?
El respeto de la ley es destacado en el punto N° 6 donde con su crónica falta de vergüenza  sostienen: “Algunos profesionales suelen utilizar de modo inescrupuloso artilugios legales para burlar o esquivar la justicia: también esto es inmoral”. Pero ¿No son también artilugios legales los que la Santa Sede y las iglesias locales aplican para seguir encubriendo al clero abusador sexual? ¿No son artilugios legales los que presentan cada vez que son demandados en la justicia, esgrimiendo sus ya anacrónicos privilegios? ¿No son artilugios legales los que esgrimieron al apoyar los golpes de estado en Honduras (2009) y Paraguay (2011)? 

La violencia verbal (N° 8), es otra de las mencionadas con dos derivaciones (calumnias y mentiras), que "socavan la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales" (Catecismo de la Iglesia Católica, 2486)”. Sin embargo, ¿no fue el propio Benedicto XVI quien manifestó estar “rodeado de lobos”? ¿No ha sido el propio Francisco quien denunció la masiva presencia de trepas, “garcas”, y arribistas en el Vaticano, que utilizan la calumnia y la mentira para dejar fuera de combate a sus adversarios en la patética “carrera” eclesiástica? ¿No es la iglesia en la Argentina una réplica de aquella corrupción? ¿Cómo se explican los casos de los obispos Bargalló y Maccarone?
Violencia verbal de la que tampoco escapa el laicado católico, acicateado con todo tipo de improperios generados por su tradicional enemigo y dominador (el clero). Desde la “plaga” de los divorciados, endilgando ese mote a todos los católicos que decidieron libremente rehacer sus vidas (2), pasando por el insulto a las nuevas formas de familia que no son “modélicas” (3), y terminando con la “enfermedad” de la homosexualidad sostenida en pleno siglo XXI por no pocos obispos. El término “rebaño” que jocosamente se utiliza en el argot clerical ¿no es un insulto?

Otro párrafo farsante, contenido en el mismo número, es el que dice: “Urge en la Argentina recuperar el compromiso con la verdad, en todas sus dimensiones. Sin ese paso estamos condenados al desencuentro y a una falsa apariencia de diálogo”. Ahora bien, ¿se olvidaron los obispos que todavía la sociedad argentina está esperando que la Iglesia Católica abra sus archivos para conocer la verdad relativa a los antecedentes de la dictadura militar que obran en ellos? ¿Ocultar información sobre desaparecidos y bebés robados, no es otra manifestación de violencia?
La cursi y empalagosa fraseología episcopal contenida en el N° 10 - no menos vacía de contenido -, que destaca al dios católico como "fuente de toda razón y justicia", se cae a pedazos luego de los breves antecedentes criminales mencionados.

3. Último premio a la violencia de la institución religiosa
El “Oscar” 2014 a la violencia religiosa le fue otorgado a la Santa Sede por el Comité de la ONU encargado de monitorear el cumplimiento de la Declaración de los Derechos del Niño por parte aquella persona jurídica internacional.

La lista de recomendaciones que el organismo le manifestó a la Santa Sede, para reducir los correlativos hechos violentos perpetrados y fomentados por la institución religiosa, incluye: hacer un estudio exhaustivo de su marco normativo, en particular, el Derecho Canónico, con el fin de garantizar el pleno cumplimiento de la Convención (N° 14); redoblar esfuerzos para hacer que todas las disposiciones de la Convención sean ampliamente conocidas  por los niños y sus familias (N° 22); para que elimine de inmediato la clasificación discriminatoria de los hijos nacidos fuera de matrimonio como hijos ilegítimos (N° 26); para que condene todas las formas de acoso, discriminación o violencia contra los niños sobre la base de su orientación sexual o la orientación sexual de sus padres y para apoyar los esfuerzos a nivel internacional para la despenalización de la homosexualidad (N° 26).
El Comité instó encarecidamente a la Santa Sede a cooperar con los estudios para determinar las causas de la práctica del abandono anónimo de los bebés y fortalecer y promover alternativas de forma expedita, teniendo plenamente en cuenta el derecho del niño a conocer a sus padres biológicos (N° 36); a retirar inmediatamente a todos los abusadores sexuales de niños conocidos y sospechosos, y remitir el asunto a las autoridades policiales y judiciales pertinentes con fines de investigación y procesamiento penal (N° 44 b); instó a la Santa Sede a investigar debidamente todas las denuncias de los niños, niñas y adolescentes que son separados de sus familias por medio de la manipulación psicológica y asegurar que los responsables de la manipulación de los adolescentes rindan cuentas y cesen sus actividades (N° 51); preocupación por la situación de los niños nacidos de los sacerdotes católicos, quienes, en muchos casos, desconocen la identidad de sus padres. Al Comité también le preocupa que las madres solo puedan obtener un plan de indemnización regular por parte de la Iglesia solo si firman un acuerdo de confidencialidad y se comprometen a no revelar información (N° 33).

Y la lista de recomendaciones continúa, sacando a la luz el catálogo de violencias de diversos colores originadas en la institución religiosa. Las que mencionamos, son sólo a modo indicativo.
4. ¿Tendrá razón David Yallop?

Siete años atrás, cuando vino a la Argentina a presentar su último libro, el autor británico sostuvo: “Entrar en el Vaticano es como lavarse en un mar de hijoputez” (4).
Jugar a la “madre buena” es un papel que le habrá servido en otras épocas para mantener su poder de manipulación de las conciencias y de las sociedades. Levantar la bandera de la ética, arrogarse el rol de “rectora moral” de la sociedad, manteniendo niveles siderales de violencia institucional, no hace otra cosa que hacer extensiva la frase del mencionado autor a la sucursal que el catolicismo romano tiene en nuestro país.

Sus criminales antecedentes, los hechos de violencia que diariamente suceden en la corporación religiosa, el sistema jurídico canónico violatorio de derechos humanos, el trato ultrajante que sufren numerosos colectivos identitarios sean de género, sociales o de otras confesiones religiosas, el mantenimiento de una doctrina que no se cansa de discriminar a aquellos que no concuerdan con ella, con el pensamiento único, y el entrometimiento de los obispos en políticas públicas laicas, son algunos ejemplos que convierten al  documento en una cáscara vacía.
“Felices los que trabajan por la paz”, nuevo documento emitido por la Conferencia Episcopal Argentina, refleja no sólo un nuevo acto de violencia religiosa/clerical, que se suma a la que ya padece en sus diversos matices la sociedad argentina. Es también producto de la amnesia episcopal, hija de su propia senilidad.

Notas
(1) ESQUIVEL, Juan Cruz, Iglesia Católica, política y sociedad: un estudio de las relaciones entre la elite eclesiástica argentina, el Estado y la sociedad en perspectiva histórica, en www.biblioteca.clacso.edu.ar/subida/uploads/FTP-test/clacso/.../esquivel.pdf

(2) Exhortación Apostólica Postsinodal “Sacramentum Caritatis”, Nº 29, www.vatican.va/.../hf_ben-xvi_exh_20070222_sacramentum-caritatis_s...
(3) Conferencia Episcopal Argentina, Educación para el amor, Buenos Aires, Oficina del Libro, 2007, página 53.

(4) “Entrar en el Vaticano es como lavarse en un mar de hijoputez”, en www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-95930-2007-12-09.html‎

jueves, 24 de abril de 2014

EL RIESGO DE VOLVER A LA “NACIÓN CATÓLICA”

La designación de Jorge Bergoglio como primer papa católico romano ha producido un efecto impensado poco tiempo atrás: la “buena” relación con el gobierno kirchnerista.

Visitas de la presidenta al Vaticano, intercambio de regalos, llamados por teléfono del pontífice a la mandataria, preocupado por su salud, y el rumor que Francisco desea que este gobierno “termine bien”, permite preguntarnos si existe el riesgo de volver al mito de la “nación católica”.
Luego del período del liberalismo político, encarnado en la figura del presidente Julio A. Roca, donde se llevaron a cabo profundos cambios a favor de la secularización de la sociedad y laicidad de las instituciones y leyes, iba a surgir un nuevo “modo de ser” católico, cual es, el integrismo o católico “integral”, en palabras de Esquivel.

Según el autor, el integrismo naciente se caracterizó por enfatizar que el rol de la Iglesia en el continente y en nuestro país era ser “rectora” de la sociedad, con facultades para determinar normas de conducta social y “códigos de convivencia”.
Consecuencia de ello comenzó la introyección de sus valores religiosos en la sociedad civil, el “ser católicos en toda la vida”, surgiendo una clara impronta totalitaria. La tendencia, que se prologaría durante todo el siglo XX puede resumirse en estas palabras: “La Iglesia impondría a la población una unidad totalizante cultural y religiosa, desde la cual daría sentido y pertenencia a todos los ámbitos de la vida comunitaria” (1). A eso se le sumo la creciente participación en la vida política a través del clero y laicado en diversos escenarios políticos y gubernamentales.

El efecto inmediato del integrismo religioso fue (y sigue siéndolo), la intromisión de la Iglesia en la legislación y políticas públicas en materias que son de su interés y que considera “mixtas”, es decir, cuestiones que interesan tanto a ella como al Estado.
Este “modo de ser” católico implicó el resurgimiento, a partir del golpe de estado de 1930, de viejas ideas políticas que tuvieron su auge en los momentos fundantes de la nación y que permanecieron en estado latente durante varios períodos políticos.

Hablamos de la antigua idea/matriz que identificó identidad territorial con identidad religiosa, que en épocas de la colonia se cristalizó en identificar el “ser nacional” con el “ser católico”, y que a mediados del siglo XX se reformularía mediante la expresión “nación católica”.
La “nación católica” fue estudiada por el historiador Loris Zanatta quien la calificó como un mito. Más allá de ello, dicha fórmula posibilitó a la Iglesia la obtención de más beneficios y mejor posicionamiento político desde el primer golpe de estado producido en 1930.

El resurgimiento de las antiguas ideas, las nuevas fórmulas y los consiguientes privilegios beneficiaron a la Iglesia Católica. Siguiendo el pensamiento de Zanatta, fueron posibles gracias a un contexto político que tuvo las siguientes características: 
a. Nacional/catolicismo como “corpus ideológico” que fundó no sólo el autoritarismo católico, sino que se construyó “sobre la base de la superposición de “catolicidad” y “nacionalidad”, de la identidad entre confesión religiosa y ciudadanía.

b. Crisis del liberalismo que permitió a la Iglesia y al catolicismo la reorganización de las tendencias antiliberales y antisocialistas.
c. Lucha del catolicismo “por imponerse como fundamento constitutivo de la identidad nacional”, acción que incluyó “elevar a misión institucional del Ejército la construcción y defensa de la “nación católica”.

d. Protagonismo político del catolicismo como consecuencia de la crisis del liberalismo.
e. La Iglesia Católica como “factor de cohesión social”.

f. Revisión del concepto de nación elaborado por el liberalismo; identificación entre nación y catolicidad.
g. “Catolización de la historia nacional”.

Este contexto político, formado durante los años treinta, posibilitó que la Iglesia reafirmara “con fuerza su centralidad en la historia y en la tradición del país, y pretendió que el catolicismo encarnase la identidad espiritual indiscutida de la nación. Sobre esta base, partió a las cruzadas contra el liberalismo, el socialismo, el comunismo, ideologías importadas, enemigas del “ser nacional” (2). 
Cumpliendo aquel papel, no extrañó que con el transcurso del tiempo y relacionándose con diversos gobiernos consiguiera no sólo creciente participación e influencia política, sino los privilegios jurídicos que aún tienen vigencia en nuestro país.

Hablar del riesgo de volver al referido mito implica necesariamente que los diversos actores sociales estén atentos para que no recobren fuerzas los viejos indicadores que vehiculizaron los privilegios hacia la Iglesia, es decir, el resurgimiento de los binomios territorio/religión, el ser nacional equivalente a ser católico; clericalización social y recristianización de la sociedad.
Notas

(1) Esquivel, Juan Cruz, Iglesia Católica, política y sociedad: un estudio de las relaciones entre la elite eclesiástica argentina, el Estado y la sociedad en perspectiva histórica. En publicación: Informe final del concurso: Democracia, derechos sociales y equidad; y Estado, política y conflictos sociales. Programa Regional de Becas CLACSO, Buenos Aires, Argentina. 2000.
(2) Zanatta Loris, Perón y el mito de la nación católica, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1999.

CANONIZACIÓN DE JUAN PABLO II, O CÓMO EL VATICANO ESCUPE AL CIELO

“Nadie seguirá a un Mesías si éste no hace milagro alguno. Al menos, esto es así por principio, porque hay una alternativa: que al Mesías o a aquél que se tiene por Mesías se le atribuyan acciones  milagrosas que él no ha realizado. Y de poco le sirve que él en persona arremeta contra el afán de milagros. En todo caso se le proveerá de acciones milagrosas” (1)

El tema de los milagros permite abordar no sólo la histórica manipulación que de ellos ha hecho la Iglesia Católica, sino que conecta con otras artimañas que la institución religiosa comete ante las consecuencias celestiales de aquellos: las canonizaciones.
Conforme la lúcida opinión de la teóloga citada, el Mesías cristiano rechazó los milagros “como acreditación de la verdad de su mensaje: “Si no veis señales y prodigios, no creéis” (Jn 4,48)”. Para él “la creencia en virtud de los milagros no es fe” (2).

La teología crítica es conteste en admitir que los milagros no pasan de ser fábulas o leyendas utilizadas por la religión - en nuestro caso, católica - para satisfacer sus intereses. Se basa en que ni las cartas de los Apóstoles, ni Pablo (fundador del catolicismo), hicieron referencia alguna a acciones milagrosas de Jesús.
Ni el milagro de la “boda de Caná” (que, para seguir su costumbre de adaptar sus fechas litúrgicas, la iglesia hizo “coincidir” el 6 de enero, fiesta del dios griego Dioniso); ni las curaciones milagrosas (con su “lógica” culpa causante/enfermedad causada, y la variante “no curación” por falta de fe de la gente); ni las expulsiones de demonios (que conforme el estado de los conocimientos médicos de la época hacían confundir a epilépticos, ciegos, mudos, o enfermos de gota con “endemoniados”), ni los milagros de la naturaleza (análogos a los que relataba Pitágoras); o el de la higuera (donde se castiga injustamente a ese pobre árbol por no dar frutos fuera de época); o la resurrección de muertos (sobre todo la de Lázaro, plagada de contradicciones entre los evangelistas), permiten sostener que haya “algo cristiano sobre lo que se deba teologizar”, en palabras de la alemana.   

Si la Iglesia Católica, impune y cínicamente, ha manipulado los milagros, cabe el mismo criterio para su efecto institucional inmediato, las canonizaciones.
Históricamente, fueron utilizadas no sólo con fines religiosos, sino esencialmente políticos y económicos. Como sostiene José María Castillo “un santo “bien aprovechado” puede ser una mina: las peregrinaciones, las reliquias, los milagros, las indulgencias han sido siempre, y siguen siendo, una fuente importante de ingresos. Por eso ha pasado lo que ha pasado” (3). En pleno siglo XXI sigue siendo un negocio redondo administrado por el Vaticano S.A.

¿Y qué muerto será sujeto de la próxima canonización? Nada menos que el papa Juan Pablo II, cuyo procedimiento fue motorizado por los sectores fundamentalistas e integristas del catolicismo, haciendo apología de amnesia colectiva, si se tienen en cuenta las canalladas que hizo el pontífice durante todo su período de gobierno.
De la mano de la manipulación señalada, vienen dos artimañas y una confirmación. La primera, el propio Juan Pablo II fue quien dictó, el 25 de enero de 1983, la Constitución apostólica “Divinus perfectionis magister”, reformando los procesos de  beatificación/canonización establecidos en el siglo XVII por Urbano VIII, y que lo iba a beneficiar de modo directo; segunda, su período de gobierno fue un cúmulo de violaciones a derechos humanos que invalidan su propia canonización. La confirmación: con la santificación efectuada, Francisco ratifica la continuidad del modelo institucional clerical, obsoleto, que poco y nada tiene que ver con el cristianismo.

1. La modificación de las reglas: prevaricar, esa es la cuestión

La constitución apostólica mencionada, contiene una serie de reformas en el procedimiento de canonización que, paradójicamente, lo convierte en “non sancto” ya que exponen decisiones injustas y premeditadas por parte de quien, a posteriori, iba a ser el principal beneficiado. Las reformas recayeron en los siguientes puntos:

a) Reducción de plazos: mientras históricamente el procedimiento de beatificación/canonización comenzaba 5 años después de la muerte del candidato, con la referida Constitución, el propio Juan Pablo II permitió que se diera una dispensa de ese plazo para iniciar algunos procesos, obviamente, digitados por el Vaticano conforme sus intereses. De esta modificación se valió Benedicto XVI para iniciar el proceso de Wojtyła, y que ahora culmina con la canonización.

b) Eliminación del “abogado del Diablo”: este personaje, tradicionalmente, era el encargado de poner trabas a los méritos del candidato. Su figura fue abolida por Juan Pablo II y suplantada por el “promotor de justicia”, un sujeto que en vez de exponer los hechos negativos probados se limita a reforzar los méritos del futuro santo.

c) Milagros oscuros: de los numerosos hechos atribuidos al papa, se eligió el de una monja que se curó del mal de Parkinson, al haberla encomendado sus compañeras de congregación al papa difunto. La cuestión es que un médico polaco consultado por el Vaticano sostuvo que tenía dudas acerca de la curación milagrosa, ya que los padecimientos de la monja podían deberse a otra enfermedad neurológica, no al Parkinson. Como es obvio, el Vaticano buscó otra opinión que finalmente permitió a la Comisión Médica de las Causas de los Santos sentenciar la curación “instantánea”. El segundo milagro, que permite la canonización, fue a favor de una costarricense curada de un aneurisma cerebral.

d) Reducción en los aranceles y tasas: con la excusa que acortando plazos también se reducen tasas y aranceles, se blanqueó el hecho que para llegar al cielo católico hay que pagar, ¡no faltaba más! En algunos casos se gastaron millones de dólares en la beatificación, por ejemplo, en el caso de José María Escrivá de Balaguer, fundador de la secta nacionalcatólica “Opus Dei”. El primer documento (la “positio”), a favor de un nuevo beato cuesta 6.000 euros más los honorarios de quien postula. En el caso de Juan Pablo II no se sabe cuánto se ha pagado.

e) Objeciones no incluidas en el procedimiento: numerosos informes, tanto de sectores del progresismo como del conservadurismo, que contenían no pocas objeciones a la beatificación/canonización no fueron agregados ni tenidos en cuenta durante todo el período en que duró el procedimiento.

Esos detalles “menores” le permitieron al pontífice ser beneficiario celestial. Demuestran también que un procedimiento justo es lo que menos importa a la hora de manipular masas y facturar.

2. Diabluras terrenales: por qué la canonización de Juan Pablo II es una desvergüenza

Lo expuesto respecto a la manipulación y relajación del proceso no deja de ser exponente de las prácticas caricaturescas de la jerarquía vaticana, necesitada imperiosamente de cielos, infiernos, figuras mitológicas, patrones y patronas, fábulas, supercherías e idolatrías varias para controlar conciencias y mantenerlas en un catecismo de primera comunión.

La realidad es bastante más implacable y demuestra el cúmulo de males que ocasionó Wojtyła, cuyos efectos atroces aún lo padecen los católicos y no pocas sociedades laicas. Hagamos un muy breve repaso de las diabluras del sujeto en cuestión.

a) Encubridor del clero abusador sexual: el período de gobierno de Juan Pablo II fue, por lejos, el peor en cuanto a la política de encubrimiento de curas abusadores sexuales. La valentía de las víctimas y la acción de los medios de comunicación social fueron determinantes para que se hiciera visible el fenómeno.

Normas jurídicas elaboradas premeditadamente para proteger a los abusadores, modus operandi de carácter universal para encubrir delincuentes, maniobras judiciales dilatorias, compra del silencio de las víctimas bajo el disfraz de “resarcimientos”, mantenimiento del secreto pontificio, “decálogo” para proteger a los violadores con sotana, son aberraciones que se fomentaron y ampliaron bajo el mandato de este papa, principal responsable de encubrir la plaga, cuyos efectos siguen intactos dentro de la institución.

En el “ranking” de delincuentes protegidos por Wojtyła hay para todos los gustos: desde el monstruo llamado Oliver O’Grady, quien abusó de un bebé de 9 meses; pasando por James Poole, a quien se le confió una adolescente muy pobre, la embarazó, y la convenció para que le dijera a la policía que había sido su padre quien lo había hecho, siendo este encarcelado; hasta el multimillonario y pedófilo Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, mecenas financiero del pontífice y del Vaticano. Cabe recordar que dicha congregación ha recibido el guiño de Francisco para seguir con sus actividades.

Por esta sola causa, todo el proceso de canonización es nulo de nulidad absoluta. Es un insulto a las víctimas y sus familias, y la prueba máxima que la Iglesia es una máquina picadora de seres humanos que están debajo, pero muy debajo, de la macabra institución.

b) Continuador de la corrupción financiera vaticana: fundamentalmente, porque no continuó la investigación iniciada por su predecesor Juan Pablo I sino que mantuvo en sus cargos a los principales responsables de la corrupción financiera, por ejemplo, el obispo Paul Marcinkus, durante 10 años. Luego, fue escondido en el Vaticano para evadir las citaciones de la justicia italiana.

Innumerables son los periodistas e investigadores que analizó minuciosamente el lavado de dinero vaticano durante el período de este papa, como el desvío de fondos para financiar al sindicato polaco “Solidaridad”. El capítulo financiero de la gestión del papa Wojtyła fue vergonzoso y es otro obstáculo insalvable que anula la canonización.

c) Avalista de dictadores latinoamericanos: el período de gobierno de Wojtila coincidió, dramáticamente, con las dictaduras militares latinoamericanas. En el caso de nuestro país, la colaboración de la mayoría de la Conferencia Episcopal Argentina y sus secuaces laicos con los genocidas es un hecho irrefutable.

La ideología católica fue el fundamento de las dictaduras con sus mitos de legitimación: hispanismo, civilización occidental y cristiana, identidad nacional católica, entre otros.

La histórica alianza Ejército-Iglesia en nuestro país, que llevó a esta última a apoyar todos los golpes de estado, tuvo un jugoso “premio” en la última dictadura: el conjunto de leyes que beneficiaron económicamente a la Iglesia, sobre todo, aquella por la que todavía hoy los obispos cobran un sueldo del estado nacional.

En el caso de Chile, la bendición católica a la sangrienta dictadura que sufrió ese país se reflejó en la cercanía a través del Nuncio y gestos políticos como la salida al balcón del Palacio de la Moneda del pontífice junto al dictador genocida Augusto Pinochet para quien, además, celebró una misa especial.

d) Abanderado del machismo clerical: fue este pontífice quien le cerró las puertas a las mujeres para acceder al sacerdocio, confirmando el carácter machista y discriminador del catolicismo romano.

Conforme la Carta Apostólica “Ordinatio sacerdotalis”, Juan Pablo II sostuvo que la Iglesia “no se considera autorizada a admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal”, fundamentalmente, porque Cristo no eligió mujeres.

Quiso congraciarse con el colectivo femenino a través de otra Carta Apostólica: “Mulieris Dignitatem”, pero le salió mal. Como sostiene Roser Puig Fernández, “según Juan Pablo II, el Maestro prescindió de las mujeres para su proyecto clerical porque le dio la gana y la Iglesia no podía hacer nada al respecto (tesis desmentida por la exégesis y la teología actualizadas e independientes) ¡Bonita manera de colgarle a Jesús de Nazaret la responsabilidad del escándalo de la discriminación de la mujer en la Iglesia Católica!” (4)

e) Defensor del genocidio español en Latinoamérica: fue continuador de la histórica apología de los papas respecto a la evangelización de las tierras americanas, que vino de la mano del genocidio y rapiña española, de los que la Iglesia Católica resultó beneficiaria privilegiada.

Relata Deschner que en uno de sus primeros viajes, efectuado a República Dominicana en 1979, el pontífice dio gracias a su dios porque le concedió poner pie en esa porción de tierra americana que se “abrió a Jesucristo”.

Como contrapunto a semejante acto de cinismo, citando a Bartolomé de las Casas, sostuvo el autor: “los cristianos… tomaban las criaturas de las tetas de las madres por las piernas y daban de cabeza con ellas en las peñas”. “Alabado sea Dios, que me condujo aquí” (5), dijo Juan Pablo II.

f) Impulsor del totalitarismo religioso: sabido es que la ideología católica se caracteriza por ser invasiva de las conciencias, intimidad y autonomía de las personas, sean creyentes o no. Bajo el disfraz de libertad religiosa se esconde una milimétrica política de “cristianizar” sociedades, utilizando parasitariamente a los estados.

Y si en el poder vaticano se encuentra un papa integrista, la nota totalitaria se acentúa más. Es lo que destacó el filósofo italiano Paolo Flores d’Arcais al analizar este aspecto del pontificado de Wojtyła cuyo pensamiento estuvo dirigido a anular la autonomía de las personas, la libertad de decidir, las singularidades y autodeterminación de la propia existencia. “El secreto más auténtico del totalitarismo no es el ateísmo, sino la voluntad de anular al individuo concreto, que es siempre y únicamente fragmento, en favor de la comunión despótica y la negación de las diferencias” (6). El nuevo santo fue un abanderado del totalitarismo en clave religiosa.

g) Enemigo de la libertad de expresión. Censura a teólogos: fueron cientos los teólogos y teólogas sancionados durante la gestión de Juan Pablo II. Todos por ejercer la libertad de investigación, pensamiento y expresión, derechos humanos inalienables aunque en la Iglesia Católica no se hayan percatado todavía. Ejemplo de ello fue Hans Küng a quien en 1979 le fue retirada la licencia para enseñar como teólogo católico.

El foco inquisidor de Juan Pablo II y su mejor discípulo censor (Ratzinger), fueron los teólogos especialistas en moral y los de la liberación. Con la Instrucción “Donum Veritatis”, sobre la vocación eclesial del teólogo, institucionalizó la violación a la libertad de investigación al sostener que “no se puede apelar a los derechos humanos para oponerse a las intervenciones del Magisterio” (7).

Se suma a semejante violación de derechos, el mantenimiento de la censura en el Código de Derecho Canónico, regulada en el Título IV, “De los instrumentos de comunicación social y especialmente de los libros”. Dichas normas son complementadas con el “Reglamento para el examen de doctrinas”, también conocido como “Ratio agendi”, que establece los dos procedimientos de censura que se aplican en la institución, todavía vigentes.

h) Negador de derechos humanos al interior de la iglesia: Código de Derecho Canónico y Catecismo

Lo dicho respecto a la violación legalizada de la libertad de expresión puede hacerse extensivo a otros derechos humanos que les son negados a los católicos. Entre ellos, la libertad de pensamiento y conciencia tipificados como “delito” de herejía (negación o duda pertinaz de una cuestión de fe); el cisma, negando el derecho a disentir con la autoridad; la negación del derecho de las sacerdotes a contraer matrimonio, lesionando su libertad de intimidad; el castigo a los apóstatas, personas que deciden irse de la Iglesia, o cambiar de religión, y que tienen regulada una “sanción” por el sólo hecho de retirarse, solución ridícula y absurda si las hay; negación a los laicos de ejercer derechos políticos para elegir a sus autoridades; negación a los laicos del derecho de gobernar la institución, justificada en la falacia que la Iglesia tiene una estructura “jerárquica”, querida por su agresivo dios; la elaboración de la “teología del cuerpo”, un auténtico compendio para mojigatos con pretensiones de ser impuesto a toda la sociedad mediante leyes laicas, anulando la autonomía de decisión de mujeres y varones sobre su propio cuerpo; las normativas sobre ética sexual. Y la lista puede engrosarse todavía más si se profundiza en el Código Canónico sancionado durante su pontificado.

Si el referido Código es un compendio de violaciones a derechos, algo similar puede decirse del Catecismo, también sancionado en el período de gobierno de Juan Pablo II. La legitimación de la pena de muerte (N° 2266), la exclusión de la mujer, las condenaciones “eternas” por actos inmorales nimios, y las ausencias del pluralismo y juicio críticos son puntos destacados.

3. Continuismo de Francisco: la turbiedad del modelo clerical

Ahora bien, ¿nada bueno hizo Juan Pablo II durante 27 años de monarquía? Sus apologistas destacan su gran carisma; sus dotes actorales frente a las cámaras (sobre todo en los viajes al exterior donde besaba el suelo de la nación que visitaba); el fomento de las Jornadas Mundiales de la Juventud; su cercanía a los enfermos, a los pobres, a los desvalidos; el asistencialismo; su firmeza para contribuir al derrocamiento del comunismo; su mediación para evitar la guerra entre Argentina y Chile; el pedido de perdón al iniciar el nuevo milenio. ¿Alcanza con estos supuestos méritos? Entendemos que no. Cada uno de ellos pueden ser rebatidos sin dificultad y ni siquiera atenúan mínimamente los terribles hechos que tuvieron al pontífice como autor material, brevemente comentados.

La descarada canonización del pontífice, plagada de manipulaciones, actos de prevaricación, y ocultamiento de la verdadera actuación del sujeto en cuestión, lleva la impronta clerical destacada por Deschner: “Son millones las víctimas que [el catolicismo] tiene sobre su conciencia, pero lo suyo es digerirlas sin que ello perturbe su digestión” (8).   

El turbio modelo institucional de Francisco, continuismo del de sus predecesores, no tiene otro efecto que confirmar el histórico antagonismo con el primer cristianismo. De ahí que le asista razón a la referida teóloga alemana cuando sostiene que el fundador del movimiento “está enterrado no sólo en Jerusalén, sino también bajo una montaña de cursilería, fábulas y fraseología eclesiásticas” (9).

La canonización de Juan Pablo II, así lo confirma.

Notas

(1)   Ranke-Heinemann, Uta, No y amén, invitación a la duda, Trotta, Madrid, 1998, p. 89

(2)  Ibídem

(3)  Castillo, José M., Cómo se hace un santo, en www.moceop.net/spip.php?article322‎

(4)  Puig Fernández, Roser, “A los veinte años de la “mulieris dignitatem”. Feminismo en la Iglesia Católica, en www.redescristianas.net/.../a-los-veinte-anos-de-la-mulieris-dignitatem-fe...‎

(5)  Deschner, Karlheinz, Opus Diaboli, Yalde, Zaragoza, 1987, p. 237.

(6)  Flores d’Arcais, El Desafío oscurantista, Anagrama, Barcelona, 1994, p. 33.


(8)  Deschner, Karlheinz, El Anticatecismo, Yalde, Zaragoza, 1990, p. 2.

(9)  Op. cit. p. 15.

viernes, 14 de marzo de 2014

UN AÑO DEL PAPA FRANCISCO: SIN CRISTIANISMO EN EL HORIZONTE


“… en la catedral de San Pedro se celebra nuevamente un pomposo espectáculo, superflua non nocent (lo superfluo no daña) con un ensamble internacional de prelados incurso en la búsqueda múltiple de «nuevos horizontes», en una «dinámica renovadora», «abierta al mundo», al «pluralismo de opiniones», «al diálogo». Todo ello induce a algunos, y no siempre a los más tontos, a creer que el orbe ha cambiado, que el catolicismo se ha vuelto liberal y la teología progresista…” (1)

Las palabras de Karlheinz Deschner sirven de marco al primer aniversario del papa argentino y su gigantesca tarea de gobernar una institución fosilizada e históricamente corrupta como la Iglesia Católica.
El diagnóstico de la crisis, a marzo de 2013, era el peor: falta de transparencia y soluciones concretas para el tridente abusos sexuales/finanzas vaticanas/corrupción institucional; sangría silenciosa de fieles, que ya no responden al anacrónico poder sagrado del clero; pérdida de autoridad de las sotanas como consecuencia de sus fechorías; violación de derechos humanos en el seno de la institución; doctrina religiosa convertida en ideología como consecuencia de los enormes cambios políticos, sociales, y culturales traídos por la posmodernidad.

El vocero del papa ratificó aquel diagnóstico días pasados aunque dentro de un “clima negativo” en torno a la Iglesia, como si las causas de la crisis hubieran sido externas a la institución.
La crítica situación, llevó al hoy papa emérito a presentar su renuncia en un hecho histórico. Renuncia que no pocos sectores de católicos, en su tradicional esquizofrenia espiritual, vieron como un acto heroico. Y ahí apareció Jorge Bergoglio, primer jesuita en continuar la histórica falacia de la “sucesión” del pescador judío Pedro. También, primer  latinoamericano en llegar a la monarquía teocrática católica.

El aniversario permite hacer un breve análisis de su gestión, desde el objetivo primordial, es decir, el cambio radical de imagen institucional y papal; pasando por las reformas propuestas, con sus primeros resultados; hasta el futuro incierto de la multinacional religiosa condicionado por el modelo de institución que se seguirá.
La imagen en primer lugar: demagogia, estulticia y humanismo papal fingido

Apenas comenzó su gestión, advertimos que el cambio de imagen de la institución y del propio rol de papa iba a ser el objetivo número uno. Para ello, utilizó la demagogia, y atizó la crónica idolatría de las masas católicas (2).
Como respuesta, el rebaño le devolvió no pocos actos de estulticia como dedicarle un sabor de helado; una estatua de chocolate; un grafiti con la figura del papa como superhéroe; una foto “selfie” con jóvenes católicos, entre muchos otros.

También personalidades de diversos ámbitos se mostraron encantadas con el nuevo pontífice, entre ellas, las que integran el lamentable y genuflexo sector dirigencial argentino, preocupadísimos en obtener “su” foto, y legitimar sus mandatos democráticos con un líder religioso antidemocrático.
La genética idolátrica católica volvió a florecer, y como hacía mucho tiempo no se veía. Pero hubo más: el encandilamiento llegó hasta el presidente norteamericano y la revista Time, que lo eligió “hombre del año”. Se ha dado a conocer, también, que Francisco integra la lista de candidatos a recibir el premio nobel de la paz.

Aquellos primeros hechos arrojaron, aparentemente, resultados muy buenos: cambio de imagen institucional, del rol del papa, y “primavera” católica para los más optimistas. El vocero papal los confirmó, aunque enfocado en el mensaje: “El corazón de este nuevo lenguaje es el anuncio del amor de Dios para todos, el tema de la misericordia y del perdón para todos. Mientras antes en los medios estaba difundido el prejuicio según el cual la Iglesia decía siempre "no", y no era cercana a la gente” (3).
Sin embargo, los resultados sólo traslucen indicadores del espíritu religioso de nuestro tiempo, que reflejan una religiosidad que se caracteriza por un marcado sentimentalismo, sensiblería y credulidad. Religiosidad de la “degustación”, como diría José María Mardones, o lo que es lo mismo, “quedarse a mitad de camino entre sentirse bien y los buenos sentimientos”.

Asimismo, y dentro de los distintos tipos de “catolicismos”, según Juan Cruz Esquivel, prevalencia de la religiosidad delegativa, con fieles que buscan que sus líderes religiosos los traten bien y “los hagan felices cuando ellos deciden participar”.
Finalmente, lo que Lipovetsky considera como “nueva estrategia que desbanca la primacía de las relaciones de producción en beneficio de una apoteosis de las relaciones de seducción” (4). Y Francisco no es la excepción. En un mercado religioso cada vez más competitivo, con un “producto” anticuado y en decadencia, el catolicismo romano ha salido a seducir clientes, fundamentalmente, a los que se fueron.

Esos primeros pasos han sido sólo una pincelada para blanquear el sepulcro que, por ahora, alcanza para “fascinar a los embobados”, en palabras de Deschner. Lamentablemente para los optimistas, el engatusamiento papal no tendrá un efecto duradero sencillamente porque el núcleo del poder clerical y el corpus doctrinal/ideológico no sufrirán los cambios necesarios para acercarse al “ethos” cristiano, precisamente, lo que no cree la mayoría de católicos, sean laicos o curas.
Los dos ejes de las reformas de Francisco: iniciar procesos y disimular la doctrina

Dejando de lado la religiosidad epidérmica, que en el catolicismo alcanza niveles altos, Francisco puso manos a la obra para introducir reformas en la institución que preside.
Dos son los ejes por donde transita su espíritu reformador. El primero, es un elemento común en las diversas gestiones que ha encabezado, sea como cura u obispo, y que un discípulo suyo formuló así: “más que procurar resultados inmediatos, hay que generar procesos” (5). Teniendo en cuenta ese dato, se pueden mencionar los procesos de reforma más relevantes motorizados por Bergoglio:

- Modificaciones en el Instituto para las Obras de Religión (IOR): vulgarmente llamado “Banco del Vaticano”, nombró una comisión encargada de hacer los cambios para transparentarlo y que se adapte a las normas financieras de la Comunidad Económica Europea, abandonando su histórico rol de paraíso fiscal y blanqueador de dinero de la mafia.
Asimismo nombró al gran encubridor de pedófilos de Australia, cardenal George Pell, como responsable de la Secretaría de Economía, nuevo organismo burocrático de la estructura vaticana, integrado por 15 consejeros, de los cuales 8 son prelados y 7 son laicos. Los verdaderos resultados en este campo se verán a largo plazo, si es que se hacen públicos. Por ahora, sólo se saca a la luz (y a cuentagotas), la monumental corrupción financiera que un año atrás engrosaba el rubro “ataques a la iglesia”.

- La plaga de abusadores sexuales: comunicó que continuaría con la política de “tolerancia cero” contra el clero abusador sexual. Sin embargo, ya advertimos (6) que la promocionada tolerancia es falsa y que el aguantadero de pedófilos con sotana no desaparecerá si no hay una profunda reforma en el Código de Derecho Canónico y la derogación de los instrumentos que aún permiten el encubrimiento de los delincuentes, por ejemplo, el “secreto pontificio”, actualmente vigente. De modo que por más que publiciten su intolerancia hacia los abusadores, el problema seguirá (y sigue), intacto. En el informe de la Comisión de la ONU encargada de monitorear el cumplimiento de la Declaración de los Derechos del Niño, figura esta advertencia capital.
- Reforma de la Curia: nombró un grupo de ocho cardenales que tienen la misión de elevar las propuestas para reformar el gobierno de la Iglesia. Fusionar Dicasterios y Congregaciones, darles mayor participación a los laicos en la gestión de aquellos, son algunas novedades. Sin embargo, cualquier modificación en la estructura que no vaya acompañada por un cambio en el ejercicio del poder clerical, reduciéndolo a su mínima expresión, significará mero continuismo. Seguirá el clero decidiendo unilateralmente cómo se gobierna la institución y qué debe pensarse.

- Posible apertura a una mayor participación de las mujeres en la estructura institucional: dejó entrever que habrían mujeres al frente de organismos vaticanos. No obstante, que se nombre a una mujer (o muchas), no significa garantía alguna que puedan gestionar con autonomía de criterio. Mucho menos que el rol de las mujeres se ajuste a los nuevos paradigmas de género. De nombrar mujeres, serán “del palo” clerical.
- Sínodo extraordinario sobre la familia: fijado para octubre de 2014, es el único punto de la doctrina católica que ha merecido particular atención para ser debatido a corto plazo, debido a que la sangría de fieles se debe, principalmente, a la crisis de la familia (según la versión ideologizada que el clero tiene de ella). Para su preparación, se envió con carácter consultivo a los obispados esparcidos por el mundo, un cuestionario de 38 preguntas referidas al estado actual de la institución familiar, auténtica muestra del anacronismo, cursilería, y alejamiento del pensamiento de los obispos católicos en la materia.

Dentro de la temática familiar se encuentra el fenómeno de los católicos divorciados y vueltos a casar, “piedra en el zapato” que merecería un artículo aparte. Digamos solamente que tanto en este tema como en el de la familia será el estamento clerical el que en definitiva decidirá los eventuales cambios. El rebaño no cuenta.  
Los procesos de cambios iniciados, ni siquiera rozan la quintaesencia del poder clerical. Se deja incólume tanto el “poder sagrado”, que se proyecta en los “tria munera” (facultades de enseñar, santificar y regir), y el poder de gobernar la institución. Ese núcleo de poder es intocable, y el laicado, aunque sea llamado a colaborar, será mantenido en la sumisión, sin capacidad de tomar decisiones institucionales de modo autónomo, mucho menos de disentir públicamente con el pensamiento único, por cuanto eso conllevaría una actitud contraria a la unidad, primer deber que tiene todo católico según el canon 209 del Código Canónico.

Para justificar el mantenimiento del poder por parte del clero, seguirá vigente la antigua concepción que lo entiende, cínicamente, como un servicio; noción anticristiana por donde se la mire. Decía el teólogo belga José Comblin: “Es evidente que esta identificación entre poder y servicio no viene del Nuevo Testamento. Ella procede de la ideología imperial. En esta ideología, todo poder es positivo porque todo poder es servicio a la sociedad. “Dominar para servir”, es la definición de todos los colonialismos, hasta en la guerra de Irak que es el mayor servicio prestado el pueblo irakiano [sic]” (7).
Lo expuesto nos permite decir que los procesos de reforma iniciados por Jorge Bergoglio se reducen, unos, a transformar organismos corruptos (IOR), y el resto, a pobres migajas que el estamento clerical arroja a los sectores laicos para que aplaudan como focas. No hay en este aspecto un mínimo atisbo de cristianismo y sí de clericalismo en estado puro, aunque disfrazado de “apertura”.

El segundo eje por el que transitan los cambios lo advertimos meses pasados. Es tan importante el cambio de imagen institucional que se ha puesto bajo un paraguas la doctrina totalitaria y los dogmas. Los apologistas de Francisco lo dicen así: “… dejar atrás un extendido espíritu inquisitorial, culposo, triste y reglamentarista (léase un catálogo de prohibiciones) del catolicismo, macerado durante siglos, para colocar en el centro la esencia del Evangelio: el amor, y así privilegiar la cercanía a la gente y la comprensión” […] “Y haciendo, en fin, que la Iglesia sea una acogedora casa de todos. Pero para ello no traiciona las creencias y preceptos, sino que cambia el orden de prelación: Primero el Evangelio, después la doctrina y, finalmente, las normas morales. Y todo sin juzgar, sino buscando comprender y perdonar” […] "No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible". "Ya conocemos la opinión de la Iglesia (…) y no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar" (8).
Esto explica que el papa no condene a ningún homosexual, pero su catecismo los trate de anormales; que declare que las mujeres deben participar más en la vida de la Iglesia, pero su Biblia esté impregnada del pensamiento misógino de Pablo de Tarso, y en la encíclica Evangelii Gaudium sostenga que el sacerdocio reservado a los varones “no se pone en discusión” (N° 104); que en apariencia se abstenga de machacar contra el aborto, pero cada vez que pueda haga declaraciones en ese sentido.

Digámoslo con otras palabras: se hace creer a los embobados que a partir de Francisco la Iglesia Católica “está cerca” de la gente, que es “humana”, que “no condena a nadie”, que es “misericordiosa”, que “perdona”, que hace “corresponsables” a los laicos. Pero miserable e hipócritamente se esconde la doctrina, dogmas y normas jurídicas, todas más vigentes que nunca (porque "ya conocemos la opinión de la Iglesia (…) y no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar”). Una jaula para crédulos, ingenuos y cándidos, cuyos barrotes han sido barnizados, una vez más, por quienes no quieren perder prebendas ni privilegios. Son los que, en terminología del galileo, se conocen como “lobos con piel de cordero” (Mt. 7,15), pero en pleno siglo XXI.
Los dos ejes del pensamiento reformista de Francisco no pasan el test de cristianismo básico porque no hay en ellos notas esenciales de democratización de sus estructuras, ni igualdad plena de varones y mujeres, ni respeto a derechos humanos elementales; tampoco la eliminación de los privilegios del clero. Todo lo contrario, bajo el disfraz de humanidad y misericordia se esconde el “huevo de la serpiente”.

Modelo institucional: sin cristianismo a la vista
Los cambios iniciados por el papa también tienen que ver con el modelo de institución que pretende dirigir. E aquí otro obstáculo. De seguir transitando los procesos por los dos ejes mencionados acentuará la crisis irreversible de la institución, y muy lejos del cristianismo.

Como sostiene Pablo Richard, “crisis “irreversible” significa una crisis que ya no puede ser resuelta con reformas parciales o con cambios puramente teológicos o de lenguaje. Una crisis irreversible es una crisis final. No hay marcha atrás, su perfeccionamiento solo consigue acelerar su muerte” (9).
El biblista considera que “la iglesia” es sólo un concepto teológico que no existe en la realidad, lo que existe históricamente son modelos, tendencias o maneras diferentes de ser iglesia, y distingue provisoriamente una manera conservadora (la de Juan Pablo II y Benedicto XVI), y otra “liberadora”. ¿Cuál será la de Francisco? Por ahora, sigue en sus grandes líneas la de los dos pontífices que le precedieron, contrarios a la esencia del movimiento del laico y no católico Jesús de galilea, con los cambios mencionados.

Cambios donde el ejercicio del poder sigue siendo clave a la hora de calificar las reformas. Sea en el funcionamiento interior de la institución, o en su actividad pública, “el problema entre todos los problemas, y que está en la base de todos, es la necesidad de evangelizar sin poder, a partir de una relación de igualdad: un ser humano con otro ser humano, como modo de relación entre personas iguales y no en una relación de superior a inferior” (10). Relación de igualdad que, como esencia del cristianismo, precisamente, no aparece en el horizonte de las reformas del papa argentino.
Paradójicamente, y como sostiene el prologuista de la obra de Deschner, citándolo, “no es posible la reforma de la Iglesia. Cualquier reforma, enfatiza, exigiría volver al cristianismo inicial y se convertiría por ello mismo en una revolución que destruiría la Iglesia actual” (11).

Notas
(1) Deschner Karlheinz, Opus Diaboli, 1987, Yalde, Zaragoza, p. 17.

(2) www.gacetamercantil.com/notas/.../el-espíritu-tartufo-iglesia-francisco.ht...
(3) www.zenit.org/es

(4) Lipovetsky, Gilles, La era del vacío, 2011, Anagrama, Barcelona, p. 17.
(5) “Hay sectores de la Iglesia que se sienten amenazados por el papa Francisco”, en www.clarin.com/.../sectores-Iglesia-sienten-amenazados-Francisco_0_10...

(6) www.gacetamercantil.com/notas/46546/‎
(7) Comblin, José, “Sobre el poder en la Iglesia”, en www.sintapujos.org/.../sobre-el-poder-en-la-iglesia-por-jose-comblin-in-memo...

(8) Rubín, Sergio, “El mensaje del Papa Francisco provoca una revolución cultural”, en www.clarin.com/.../mensaje-Papa-provoca-revolucion-cultural_0_99770...
(9) Richard, Pablo, Crisis irreversible en la Iglesia Católica, en www.2001.atrio.org/d050504RICHARD.htm‎

(10) Comblin, José, Las grandes incertidumbres en la iglesia actual, en www.redescristianas.net/.../las-grandes-incertidumbres-en-la-iglesia-actual-j...
(11) Op. cit. p. 15.

martes, 4 de febrero de 2014

NUEVO ABUSO A LOS ABUSADOS EN LA IGLESIA DE FRANCISCO

La plaga de abusos sexuales del clero católico tuvo un nuevo capítulo jurídico el pasado 16 de enero, al comparecer representantes de la Santa Sede ante el organismo de la ONU encargado de monitorear el cumplimiento de la Declaración de los Derechos del Niño por parte de aquel estado.

La designación del papa demagogo pareció dejar en el olvido el conjunto de tropelías y crímenes sexuales del clero contra miles de niños y niñas en todo el mundo, los mismos que dicen proteger desde el momento de la concepción.
Mientras en Vaticalia (término acuñado por el periodista Miguel Mora), y sus sucursales campea a sus anchas el gatopardismo ideológico, el sentimentalismo religioso, y un infantil “clima de esperanza”, los organismos internacionales que trabajan dentro del marco de la adultez y responsabilidad jurídica, hicieron comparecer en la ciudad de Ginebra a los representantes del estamento clerical, el mismo que hundió a la institución en una crisis terminal que, a base de demagogia y propaganda, tratan de revertir por todos los medios.

Si bien haber comparecido y “dar la cara” fue un hecho histórico, no lo fueron las respuestas ni las explicaciones de parte del estado teocrático. Y no lo fueron porque, no obstante la pavoneada “tolerancia cero” que supuestamente impera en la institución, las causas que han motivado semejante cúmulo de aberraciones continúan.

Malos antecedentes
Por ser firmante de la Convención sobre los Derechos del Niño desde 1990, la Santa Sede debe presentar informes cada cinco años. No obstante, sólo presentó dos: en 1995 y 2011, lo que demuestra la renuencia en transparentar la situación.

Por su parte, en el mes de noviembre de 2013 tenía la obligación de informar al Comité de Derechos del Niño las investigaciones internas relativas a los abusos sexuales cometidos por el clero. Sin embargo, recurriendo a una “chicana” jurídica, informó que no las revelaría a menos que fuesen solicitadas por un gobierno o Estado, como parte de sus procedimientos legales.
Justificaron su respuesta en que sus investigaciones son privadas, no pueden ser compulsadas por el público, todo con la finalidad de proteger al acusado, a los testigos, y la integridad del procedimiento de la iglesia; también para “respetar” a las víctimas. Patrañas clericales derivadas de un procedimiento canónico armado para amparar a los delincuentes.

Con estos malos antecedentes, se llegó a la audiencia pública del 16 de enero de 2014 donde hubo otro penoso show de fingimiento e hipocresías vaticanas.

Los reyes de la trampa
El representante de la santa sede ante la ONU, mostró una primera carta: “Se encuentran abusadores entre los miembros de las profesiones más respetadas del mundo y, más lamentablemente, incluso entre miembros del clero y otro personal de la iglesia. Este hecho es especialmente grave, ya que estas personas están en posiciones de gran confianza y son llamados a promover y proteger todos los elementos de la persona, como la salud física, emocional y espiritual" (1).

La falacia, que generaliza algo particular, fue expuesta sin ningún complejo. El punto es que no se los interrogaba sobre todos los ámbitos donde se producen abusos sexuales, sino de los que llevan a cabo sacerdotes católicos, encubiertos por la multinacional religiosa.
La segunda engañifa vino por el lado de quién tiene competencia para juzgar los delitos de abuso sexual del clero: “investigar y juzgar estos delitos corresponde a los Estados donde han tenido lugar”, ¡no faltaba más! Por lo tanto, la Santa Sede no tiene por qué informar.

“Cuando la Santa Sede accedió a ratificar el tratado, no lo hizo en nombre de todos los católicos del mundo. Cada miembro de la Iglesia Católica está sujeto a las leyes del país en el que vive”, dice el documento presentado. Esto es correcto si se enfoca la legislación civil.
Sin embargo, si se tiene en cuenta la legislación canónica, el fiel católico abusado sexualmente está sujeto a las leyes impuestas por la autoridad religiosa y debe someterse a las mismas por ser un deber regulado en el estatuto jurídico común de dichos fieles. Ergo, podría hacer dos denuncias en dos fueros distintos: el civil y el canónico. Lo que el Comité de la ONU requirió, fue información sobre el fuero canónico, no del civil.

Luego del show de las evasivas y el fingimiento, el director de la Oficina de Prensa y portavoz de la Santa Sede publicó una nota donde manifestaba el comportamiento “ejemplar” de las autoridades vaticanas relativas al asunto. Por supuesto, puso como ejemplo (para distraer), al papa demagogo: ““¿Qué jefe de los 193 "Estados" del Comité de la Convención sobre los Derechos del Niño, puede representar mejor testimonio y eficaz aval que el Papa Francisco y su amor tan fuerte por la infancia?” (2).
Más allá de la típica cursilería de un preboste vaticano, nadie le recordó al vocero que de ser ciertos sus elogios deberían avisarle al papa Francisco que aquel “amor tan fuerte por la infancia” podría manifestarlo en su país natal, informando dónde fueron a parar los bebés robados en los centros clandestinos de detención durante la última dictadura cívico-militar-católica.

Las causas de la plaga: intactas
Recordemos el “modus operandi” de la Iglesia Católica en materia de abuso sexual contra niños/as y jóvenes producto de la relación de poder y subordinación ejercida por los sacerdotes abusadores.

Puede sintetizarse en el “decálogo” mencionado por Pepe Rodríguez: 1) averiguación discreta de los hechos; 2) inicio de acciones disuasorias con el agresor y la víctima; 3) encubrimiento del agresor y de los hechos antes de que afloren; 4) toma de medidas para reforzar el ocultamiento; 5) negación de los hechos cuando se hacen públicos; 6) defensa pública del agresor sexual y atribución de méritos; 7) descalificación pública de la víctima y de su entorno; 8) atribución paranoide de las acusaciones a campañas orquestadas por “enemigos de la iglesia”; 9) posibilidad de negociación con la víctima; 10) protección del abusador sexual” (3)
Ese método delictivo, avalado por la normativa canónica que aplicaron los más grandes encubridores de curas pederastas - Juan Pablo II y su cardenal Ratzinger -, estuvo (y está), acompañado por un sistema jurídico preparado para proteger a los curas delincuentes.

Dicho sistema viola las más elementales reglas del debido proceso y defensa en juicio, desde el momento en que la víctima no tiene plena participación en el procedimiento que inician los obispos, sobre todo, el derecho a informarse de modo fehaciente del estado procesal de la investigación. Algunos ejemplos: asistir a las audiencias testimoniales; compulsar las pericias psicológicas que se hicieren al delincuente; tachar testigos; compulsar legajos personales de los curas abusadores. Nada de eso pueden hacer las víctimas, ni sus abogados.
A ello se suman la indeterminación de las sanciones que pueden ir desde una amonestación (incluida una “palmadita” en la espalda, por ejemplo), hasta la expulsión del clérigo; todo depende del capricho del obispo. He ahí la ilegalidad. Las sanciones penales no pueden ser indeterminadas, como tampoco pueden dejarse al arbitrio de un jerarca.

El procedimiento canónico en la materia, sea administrativo o judicial, es un monumento a la violación de derechos humanos elementales.

Tolerancia cero: un burdo maquillaje
Sara Oviedo, investigadora principal sobre derechos humanos del Comité, sostuvo: “Teniendo en cuenta la política de “tolerancia cero” de la Iglesia católica con los abusos… ¿por qué se hicieron “esfuerzos por cubrir y ocultar este tipo de casos?”. Se equivocó la investigadora. Partió  de una premisa falsa: que exista “tolerancia cero” contra los abusadores. Pecó de ingenua.

Desde que se hiciera público el problema (año 2000 en Boston), hasta las “nuevas” medidas adoptadas por Ratzinger, no existió “tolerancia cero” propiamente dicha en la iglesia. Primero, porque la Santa Sede se ampara en su propia legislación, como se dijo, violatoria de derechos humanos; segundo, porque no ha puesto a disposición de las víctimas, de los organismos internacionales, ni de los propios católicos sus archivos secretos; y tercero, porque sigue vigente la Instrucción Secreta “Continere”, aprobada en 1974 por Pablo VI, que dispone el “secreto pontificio” a todos aquellos involucrados en las investigaciones sobre abusos sexuales.
El resto de las nuevas disposiciones - subidas, incluso, en la página web de la Santa Sede - son un maquillaje para aparentar “preocupación” por las víctimas. Y Francisco, el papa demagogo, sigue esta línea, por más gestos, palabras bonitas, buenos sentimientos, y comisiones integradas por sotanas y laicos serviles que haya formado.

Lo que oportunamente llamamos “cuestión sexual” del clero católico, una de cuyas implicancias son los abusos sexuales, sigue intacta en la Iglesia Católica. Y continuará así por la sencilla razón que no hay control externo de los actos de la autoridad episcopal, ni cambio en su ideología. En una monarquía absoluta, los súbditos sólo obedecen, y sin chistar. No les importan las personas, les importa la institución; para eso trabajan desde el siglo IV dC. El fraude hay que mantenerlo en el tiempo, cueste lo que cueste.
Mientras el rebaño aplaude al papa demagogo por sus gestos “humanos”, y es engañado con mensajes donde se ratifica la tolerancia cero hacia los curas abusadores, miles de víctimas siguen esperando justicia real y efectiva.

Tal vez, lo que suceda es que aquellos idólatras papales quieran lavar rápidamente las manchas que tienen en su conciencia, surgidas por su propia cobardía y omisión. Pero ni estas, como tampoco las de semen en las sotanas de los abusadores, se limpian fácilmente. Para hacerlo tienen que aplicar un “jabón” que no conocen, compuesto por transparencia, verdad, y respeto hacia el prójimo, ese que, como en la parábola del buen samaritano, no se cansan de ignorar y abusar.

Notas
(1)      “El Vaticano esquiva las preguntas de la ONU sobre abusos a niños”, en www.sociedad.elpais.com/sociedad/2014/01/16/.../1389868856_124714.html‎

(2)     “No hay excusa para cualquier forma de violencia o explotación de los niños”, en www.zenit.org

(3)     RODRÍGUEZ, Pepe, Pederastia en la Iglesia Católica, Ediciones B, Madrid, 2002, página 256 y ss.